
Yo nunca he conocido a un man más teta en la vida, que el señor que montaba los bocetos en la primera agencia que trabajé.
No me duele decirle así porque era fastidiosamente aberrado y morboso, además de teta, repito.
(no me extraña que el señor: “si es para un regaño no estoy”, que me deja comentarios jartos en el blog, me eche la maldición del “senito” porque me estoy burlando de este señor).
Como les decía, el sensei de la cauchola y del cortador pensaba tanto en sexo, que poco se preocupaba por mostrar un poco de astucia y sensatez.
No en vano fue blanco de las bromas de todos durante años y aunque reconozco que muchas fueron pesadas, eran divertidas.
Como la vez que llegó estrenando un gabán de inspector Gadget (que asumo usaba los domingos en el parque nacional para proteger y revelar su desnudez). No sé dónde lo compró pero hizo demasiada bulla, tanta, que uno de mis despiadados compañeros aprovechando un descuido de la víctima, le cosió el extremo de las mangas con una cosedora.
Parecía un cucarrón de espaldas tratando de ponérselo.
O como el día que anunciaron que a partir de la fecha, el vigilante revisaría todas y cada una de las maletas, carteras y bolsas que salieran de la empresa.
¿Qué hicieron? Pues le llenaron el morral de grapadoras, cajas de clips, papel de impresora y un portalápices.
O como la cita a ciegas que le cuadraron al frente de su local favorito “Pussycat”, con una falsa chateadora que se metió a su chat, rol que por supuesto asumió una de mis malévolas compañeras. Nunca llegó su cita.
Y así, infinidad de bromas vi pasar ante mis ojos y aunque las celebraba, pocas veces fui la autora intelectual o material de las mismas. Mi condición de practicante me hacía un poco tímida, aunque no niego que aprendí bastante.
Hubo un momento en el que pensé que tal vez eran un poco pasados con el hombre, que me parecía un poco cruel que a la hora del almuerzo todos salieran corriendo para que no se les pegara para que minutos después el man llegara al restaurante como el chiste del marranito diciendo: casi me pieeeeerdo, o diciéndoles orgulloso “muchachos, casi no los alcanzo”.
Mis amigos tutores siempre me decían que quien lo mandaba por ser tan atolondrado en la vida y que tarde o temprano me iba a dar cuenta del por qué de todo.
No pasó demasiado tiempo. Nos fuimos un grupo enorme a almorzar aprovechando el tradicional quincenazo. No fue sino que dijeran que nos íbamos para el Consulado paisa (algo así como el Hooters colombiano pero con princesas arrieras de media support durazno brillante), para que Don hormona se apuntara al plan.
Llegamos al sitio y nos acomodamos de manera estrategica para evitar que yo quedara en frente de este personaje, porque para ser honesta, no toleraba su forma de comer. Shrek tiene mejores modales.
Empezaron a tomar el pedido de izquierda a derecha, hasta que llegaron a la orden de la hormona:
- A mi tráigame una bandeja paisa grande por favor y una malteada de chocolate.
Aaaah? Cómo la ven?
Todos pensamos en la tarde que nos esperaba y tratando de inyectarle un poco de cordura, le sugerimos:
- perdón, no cree que puede ser un poco pesado pedir una malteada de chocolate?
El tipo se queda pensando como si se hubiera percatado de su error, mira a la mesera y con gesto resuelto se retracta:
- tienen razón los muchachos, mejor tráigame una de vainilla.