
Hay una frase que uno oye desde el primer día que pisa una agencia de publicidad: “Aquí uno sabe a qué hora entra pero nunca sabe a qué hora sale”.
Puede parecer puro terrorismo sicológico (a mi me encanta asustar a los practicantes con eso) y aunque me consta que puede llegar a ser verdad, ahora que ya llevo unos añitos en este negocio, trato de defender a capa y espada esas preciadas horas post-laborales, trabajar lo justo, con la cabeza fresca, sin sentir el yugo de la madrugada sobre este sistema nervioso que colapsa a partir de las 11 p.m. y tener el tiempo suficiente para “nutrirme” con lo que pasa afuera.
He vivido temporadas muy agotadoras que finalmente uno compensa con días de descanso extra, horas de sueño que se toman por derecha pero con toda la razón o incentivos de cualquier tipo, pero hay unos pobres a los que si les ha tocado muy duro, que han tenido la desgracia de trabajar para una cuenta inhumana y desagradecida, cuyos volúmenes de producción no soportaría una maquila china.
Es el caso del departamento creativo que estaba a cargo de la cuenta de un prestigioso supermercado Francés.
Treinta personas co-habitaban en la oficina de una agencia de publicidad, en unas condiciones tan restrictivas e invasivas, que si Don Paulo Laserna se hubiera echado una pasadita por allá, también se hubiera ahorrado un huevo de plata en la producción de Gran Hermano.
Es que en verdad era una cosa muy jodida porque pasaban derecho sin piedad, no veían a las familias, tenían dos turnos de doce horas cada uno y además, sueldos bajos.
Claro, lo primero que uno piensa es: cómo se aguantan eso? por qué no se van?
Pues bien, llegó el momento en el que todos pensaron lo mismo y cansados de vivir en esclavitud, presentaron su renuncia masiva ante la mirada atónita del dueño de la agencia que vió tambalear su imperio en un abrir y cerrar de ojos.
Por supuesto se sentaron a negociar en la mesa, se expusieron las razones del descontento general y se trató de llegar a un acuerdo conveniente para ambas partes.
Ante este Tsunami inminente, sólo quedaba una salida: prometer.
Y así como sale el chorro de una manguera que quiere apaciguar a una manada de perros rabiosos, fueron saliendo placebos en forma de palabras, las falsas garantías que todos esperaban oir:
Les prometo señores que les voy a mejorar sus condiciones!!!!
Los ánimos se calmaron. Ese día todos partieron para sus casas imaginando como sería su nueva vida. Acompañarían a sus hijitos a hacer las tareas, volverían a cine, cambiarían el carrito, mandarían a remodelar la cocina, harían esa propuesta de matrimonio que estaba pendiente, serían felices!
Sin embargo, los días pasaron y las mejoras no se veían.
¿Acaso todo fue una falsa promesa?
¿Acaso sólo querían que nos calmáramos?
¿Acaso mis planes están a punto de derrumbarse?
Ya estaban instalándole un petardo al carro del gerente cuando les dijeron:
Tranquilos muchachos, tranquilos!!!! Ya está todo arreglado, lo prometido es deuda, a partir de hoy van a ver cómo van a mejorar sus condiciones.
Acto seguido el dueño de la agencia en un valiente acto cargado de desfachatez, les presenta sus nuevas condiciones:
Treinta colchonetas nuevas y plegables, que con seguridad fueron compradas en la sección de camping del supermercado de sus desgracias.
Y este señores y señoras, es un hecho 100% real.