VOLDEMORT SE FUE PARA APOSENTOS TUTA

Me había prometido no escribir sobre cosas tristes en este blog, sin embargo, confío en que sacarlas me sirva de terapia.
Voldemorth (el que no debe ser nombrado) me invitó a rumbear. Emocionada acepté y me vestí con mis mejores galas. Alegría fué lo primero que sentí cuando lo ví, la misma que siento en cada encuentro. La noche pasaba y sentía que el quería decirme algo, se le notaba, se le sentía, no me miraba y de vez en cuando hacía un comentario estúpido que yo celebraba. Nunca me dijo nada pero cuando me dejó en mi casa lo supe todo. El se iba de viaje. A veces le da por esas, se va de viaje pero siempre se comunica.
Yo no le dije nada, me despedí con una sonrisa y cuando me acosté se me salió una lagrimita.
Yo aproveché que se iba y también me fui de viaje durante una semana, y la verdad es que durante ese tiempo no pensé en el, estaba demasiado distraída y ocupada, pero cuando volví, otra vez viene y se me aparece este man como gazú, ahí flotándome al lado para recordarme que por más que lo intente no me lo voy a poder sacar tan fácil de la cabeza. Se fué de viaje y no ha vuelto y mi sexto sentido me dice que no va a volver, que está encantado con ese nuevo paisaje, que le gusta como sabe la Coca-cola por allá, que está amañado en la comodidad de estar solo y que no le hago falta.
Se fué para siempre y no llevó maletas, no cogió flota, avión, chalupa, carro, moto o ferry, sigue pagando su apartamento, sigue caminando por los mismos lugares, sigue en la misma ciudad, en el mismo barrio, en el mismo blockbuster. Sigué aquí pero está muy lejos y me dejó un hueco muy pero muy grande.






