HISTORIAS DE UN HOMBRE SINCERO Y SIN CENSURA

Hola, hola queridos lectores abandonados. ¿Cómo han estado? Antes que nada perdonen mi ausencia y mi falta de inspiración pero como le comentaba a Juan Manuel de Collective Soul, le echo un poco la culpa a la aparición de redes sociales como Facebook y twitter que han consumido malsanamente mi escaso tiempo libre.
Fue precisamente el mail de Juan Manuel el que me removió la nostalgia que me produce mi blog abandonado, por eso me animo a escribir de nuevo esperando que se me reactive este terapéutico ejercicio.
Los seguidores de este espacio ya habrán leído múltiples historias sobre mi padre, también de mi madre, pero con seguridad muy pocas sobre mi hermano. Pues bien, es su turno.
Hablemos un poco de cómo era en su infancia. Puedo describirlo fácilmente, imagínense a un niño con la intensidad de Harriet la de la Pequeña Maravilla pero con tres termos de café encima, 6 latas de Redbull y 12 aspirinas machacadas.
Como supondrán su hiperactividad no nos trajo pocos problemas (luego entendimos que se debía a que su IQ era muy superior al de la media) y aunque debo confesar que muchas veces disfrutábamos ayudándolo en su juego favorito solo para que se quedara quieto (nos pedía que lo amarráramos con los cinturones de Judo), ni así podíamos escaparnos de su más bochornosa cualidad: su honestidad.
Era tan implacable esa mezcla de energía + sinceridad, que no era de extrañarse que los amigos de mi padre, unos señores hechos y derechos, le huyeran a esa indefensa criatura de tan solo un metro de estatura.
Sin duda Germán fue uno de los más afectados pues en más de una ocasión se iba con mi papá en el carro a hacer vueltas, acompañados de mi hermanito.
Lo que Germán no sabía es que mi papá y mi hermano tenían un juego recurrente, el de la nave espacial donde mi papá era el capitán y mi hermano el copiloto.
-Capitán acelere!!! Le decía mi hermano.
-Como diga mi copiloto! Contestaba mi papá, todo esto mientras manejaba a mil por hora sobre las precarias avenidas caleñas.
-Capitán gire a la derecha a toda velocidad!!!
-en seguida mi copiloto! Obedecía mi padre mientras el pobre Germán daba tumbos en el asiento.
-Capitán, intentemos hacer un trompo!
-Asi es mi copiloto!
Como era de esperarse la siguiente orden no vino de ninguno de los dos.
El purgado Germán solo atinó a decir: Capitán, yo me bajo en esta esquina!
Germán ya estaba bastante prevenido sobre compartir un mismo espacio con mi hermano, por eso cuando mi papá decidió organizar un asado en mi casa, primero se aseguró de averiguar si Alejandro iba a estar.
Mi papá lo tranquilizó diciéndole que no, que mi tía se lo iba a llevar de paseo.
El asado era un éxito, fueron todos los amigos de mi padre quienes departían un agradable y tranquilo momento. Entre los asistentes se encontraba uno de sus compañeros de trabajo, hombre bajito y alegre ataviado de saco y corbata porque se encontraba en una reunión, que se había ofrecido de voluntario para repartir carne y papa salada.
Horas después mi tía hizo su entrada triunfal con Alejandrito. ¿Cuál fue el saludo de mi hermano?
Mirá tía, trajeron a un enano mesero!
Para terminar, los dejo con tres ejemplos más de esa honestidad que muchos valoran y que otros como yo que tuvimos que vivirla tan de cerca, recordamos con pena pero también con sonrisas.
Papá (orgulloso): Alejandro mira, te presento a Germán. El es el gerente de la sucursal del banco en Tumaco.
Alejandro: y a mi qué me importa.
Papá: Alejandro, saluda a Martha (una señora querendona amiga de mi papá).
Alejandro: hola miserable.
Policía de tránsito: señor, debo multarlo porque se pasó un semáforo en rojo.
Papá: no señor agente, no estaba en rojo.
Alejandro: si papá, no seas mentiroso estaba en rojo.







